EL SUICIDARIO DEL MONTE VENIR

Pues todos creo que supimos de la novela Sin tetas no hay paraíso y de su éxito no solo en Colombia si no en otras latitudes. Hoy recibo un comentario de Bolivia el que dice: Escribo desde La Paz Bolivia, la novela comenzó a difundirse hace poco y el rating es elevadísimo!!!! obviamente por las tetas, pero mayormente por la realidad mundial que refleja, aquí en Bolivia es lo mismo!!! vivimos en este mundo globalizado y las tetas valen porque la pinta vende, nos guste o no así es. En todo caso hay mucha gente aquí que sigue las novelas colombianas por ser tan realistas, por sus personajes tan normales, tan humanos y tan simpáticos…..

Pues en días pasados el escritor Gustavo Bolívar ladro en esta perrera invitando a leer su nueva novela EL SUICIDARIO DEL MONTE VENIR que como dice el es menos polémica pero mas literaria……

En días pasados encontré este fragmento que publica el periódico El Universal de Cartagena, el cual me impacto y me inclino a conseguir mas rápido el libro…

Espero esté me llegue pronto.

Comparto con ustedes este fragmento, esperando que les guste y les cause el mismo impacto………

Sé de un lugar con nubes eternas, donde los muertos nos quedamos a vivir en espera del milagro del amor. Es un monte muy alto y empinado desde el cual nos hemos lanzado al vacío miles de hombres y mujeres que alguna vez nos confabulamos con la muerte para poner fin a los días aciagos de nuestras malogradas existencias.

Sé que en lo alto de esa montaña encallada por el dios del olvido en un valle triste y escondido, se levanta una casona antigua y blanca, atiborrada de secretos que fue construida por un asaltante de caminos que deseaba aislar a sus descendientes de una epidemia de estupidez, que por aquel entonces azotaba a la humanidad. Ahora habitan la casona sus biznietas, cuatro hermanas de insuperable belleza, sensualidad e insensatez que por no haber asistido al colegio ni a la iglesia aún mantienen su inteligencia intacta y la moral neutra.

Con esas hembras de apariencia exótica y belleza superlativa que derrochan lujuria al respirar y culpa al caminar, tenemos que entendernos los suicidas, para bien o para mal, la víspera de nuestro salto a lo desconocido.EL SUICIDARIO DEL MONTE VENIR

Esas mujeres de mirada inexpugnable, anidan en sus cerebros un gen suicida heredado de toda su estirpe, la de los Vargas, que las hace ver la vida con la serenidad y el arrojo que se obtienen al no conocer el miedo a la muerte.

Sé que una, Cleotilde, la mayor, mete en su cama a todos los suicidas que pasan por la casona, procurándoles una noche de amor puro y magia genital antes del brinco definitivo. Es una ninfómana que obtiene provecho de su debilidad aduciendo, en tono caritativo, que quien tiene el coraje de escoger la fecha de su muerte merece una dosis de lujuria intensa del tamaño de su valentía.

Sé que la segunda, Juana Margarita, la más hermosa de todas, lucha con ahínco contra el demonio de la lujuria, que Cleotilde dejó instalar en la casona, y que lo hace de la manera más brutal usando como armas infalibles sus prodigiosos y protuberantes encantos y la perversidad necesaria para matar sin hacer daño. Ha perfeccionado hasta sus límites el arte de la provocación y ha inventado, a partir de ello, la manera de hacer volver a los suicidas a la casa después de su salto mortal argumentando que sólo le es permitido hacer el amor con los muertos.

Sé que la tercera, Ernestina, aprendiz de bruja, es la autodidacta, la que todo lo sabe y por lo mismo la que no sabe nada. Ella les enseña a los suicidas a caminar por los recovecos del más allá y los instruye en la interpretación esotérica de los laberintos de la cuarta dimensión. Sé que odia a los hombres y por eso insiste en opacar su exagerada lindura con cuanto pintalabios oscuro o chiro descolorido descubre en los baúles alcanforados de sus antepasados, e incluso con accesorios estrambóticos con los que procura espantar a quienes no podemos eludir su presencia durante veinticuatro días al mes, porque los otros seis los dedica a luchar contra el diablo.

Sé que Anastasia, la menor, deambula desnuda por toda la casa sin el menor asomo de vergüenza alborotando al más recatado de los seres con su caminar cadencioso, sus caderas pulposas, pero inocentes, sus nalgas redondas como melones, sus senos pequeños de manatí en celo, sus pezones marrones y su vagina poblada de insípidos y lacios vellos de color zanahoria que parecen llamas incendiando su pubis.

Cohabita con ellas Patricio, un mayordomo reprimido, habitual cliente de la rabia que se convirtió en el mejor percusionista de la región, gracias al aprovechamiento que de sus constantes berrinches hiciera su padre. De mirada morbosa, muy bien dotado físicamente, descendiente de los indígenas Kazimbos y obsesionado por tres de las hijas de don Juan Antonio Vargas, Patricio se convirtió en el mejor percusionista de la zona porque don Epaminondas, su padre, al ver que durante los continuos ataques de furia el pequeño agarraba todo a palmadas, optó por fabricarle un tambor macho con el tronco de un árbol hueco y el cuero oreado de un bisonte niño para que el irascible indígena disipara sus rabietas agarrando el tambor a golpes. Cada vez que el pequeño explotaba, su padre ponía el instrumento a su alcance, de modo que entre más ira, mayor sonido. Cuando la furia se le pasaba Patricio, lograba unos matices extraordinarios en el instrumento produciendo los mejores sonidos de cuero que oyeron los oídos de quienes lo escucharon.

También habita la casona, aunque temporalmente, el suicida de turno, que siempre llega a hospedarse la víspera de su muerte, luego de escalar la callada montaña en cuya cima la brisa descansa sin los afanes del verano y las aves de rapiña reinan en silencio, pero con un ojo abierto en espera de que la cobardía humana les regale, como todos los días, un nuevo cuerpo para degustar hasta la saciedad y el desprecio.

Sé que al llegar a la cima de la cumbre, poco antes de traspasar los límites de esa casona lúgubre, más misteriosa que acogedora, los suicidas nos tropezamos con una calle caótica y comercial que no duerme. Es una especie de mercado persa instalado a la vera de un camino polvoriento y no del todo estrecho, iluminado por siempre con lámparas de kerosene que penden de las tiendas de lona que están apostadas a lado y lado de la vía donde una buena cantidad de vendedores inescrupulosos ofrecen todo tipo de estampitas y figuras de ángeles, santos y vírgenes, los libros sagrados de todas las religiones, manuales y planos para escapar con éxito de los nueve círculos del infierno, comidas deliciosas para no morir con hambre ni antojos, infusiones de hierbas para mitigar los dolores del porrazo, bebidas calientes para no morir con frío y también sesiones de espiritismo donde te ponen en contacto con familiares o amigos fallecidos para que éstos se encarguen de recibirte en el más allá y luego guiarte y enseñarte los secretos del absoluto.

Sé que hasta no hace mucho tiempo atendía en una de esas carpas, la más corroída por el tiempo y por la lluvia, el payaso Saltarín, un hombre que de tanto escuchar su apodo ya olvidó su nombre. Cuentan que, por cinco pesos, o su equivalente en gallinas, el simpático personaje hacía reír a los suicidas para que no murieran amargados. Sé que en la carpa vecina aún atienden un par de pastores religiosos que por tu herencia abogan ante Dios por la salvación de tu alma y en la de enseguida un fotógrafo italiano que registra en su máquina de trípode y fuelles negros tu último retrato en vida. En la acera de enfrente se encuentra un mirador, construido con barandas de barro cocido y al que algún pernicioso apodó como la “Curva de los Javieres” después de que dos hombres, bautizados así, se batieran a duelo por una dama sin nombre.

Sé que la fama de ese Monte escarpado radica en la imposibilidad de sobrevivir a su altura y al comentario prohibido y confuso, según el cual, desde allí se puede alcanzar la eternidad con toda certeza, pues las almas de quienes se desnucan en ese lugar regresan a la casona, en el mismo instante del impacto, en busca del amor puro que Juana Margarita les ha ofrecido como parte de su estrategia para derrotar al demonio. Aunque se cree que sólo dos o tres no han regresado y sus espíritus deambulan errantes por la parte baja del Monte, ya nos contamos por miles los fantasmas que rondamos aquel sitio en espera de que la segunda de las Vargas cumpla su promesa de acostarse con nosotros o, en su defecto, se marchite o se estrelle contra el planeta para poderla tener en este lugar maravilloso y sublime que sólo difiere del de ustedes en que aquí no existen ni el tiempo ni el espacio, ni el miedo ni el afán.

Obvio que quien esto escribe, muerto está. El día en que salté desde el Árbol de Caucho inmenso y eterno, sembrado por el demonio de la provocación en el filo del abismo, el Sol acababa de levantarse y la holgazana brisa, que no estaba en su mejor día, no agitaba una sola hoja de los árboles haciendo ver el paisaje como si estuviese pintado. Los motivos de mi fatal decisión no fueron larga ni sensatamente pensados, y supe que cometía un irremediable error cuando ya mi cuerpo desafiaba la gravedad, poniendo en alerta a los gallinazos que, en cuestión de instantes, se levantaron de sus nidos con fuertes aletazos, como alas de tela desgarradas por el viento, y se arremolinaron para atacar mi carne tan pronto como el cementerio ribereño que se creó en la parte baja del Monte, recibió el impacto de mi estupidez.

Mis últimos recuerdos antes de ensartarme contra las innumerables cruces de madera rústica fueron abstractos y subliminales. En cuestión de instantes, con el corazón en suspenso y el miedo colgado de mi cuello, me vi niño, abriendo con el cuchillo de la cocina una rana espernancada y crucificada en sus extremidades sobre un tablero de madera. Unos metros más abajo me vi joven desvirgando a mi prima Genoveva en un colchón de hojas mojadas. Al momento me vi adulto recibiendo la única bofetada que en vida me propinó mi madre, pero no recordé el motivo, y luego me vi saciado de amor y de deseo en la cama de Juana Margarita en momentos en que ella me impedía poseerla con el cuento de que sólo le era permitido tener sexo con los difuntos.

GUSTAVO BOLÍVAR…..

Espero el libro me llegue pronto.

Comparto con ustedes este fragmento, esperando que les guste y cause el mismo efecto………

caafeguaguau 30 aos
  • ingrid colombia

    felicito a Gustavo Bolivar, por el gran exito que ha tenido en colombia, no solo con sus libros, sino tambien con las telenovelas. espero que puedan leerlos y verlas en todo el mundo y se deleiten con lo que los colombianos lo hemos hecho

  • SARA

    POR FAVOR ENVIEMEN EN EL RESUMEN LO ANTES POSIBLE ES QUE TENGO QUE LEERLO Y TENGO PEREZA

  • Pues yo lo acabo de comprar pero aun no lo he empezado a leer… ya lo comentaremos.
    Abrazos Virtuales.

  • Guauuuu, que letra, esta muy enganchador, la verdad me crece el interes, chevere el fragmento.